martes, 11 de marzo de 2014

EDUCAR LA PUNTUALIDAD Y LA ORGANIZACIÓN DEL TIEMPO


LA PUNTUALIDAD:

Esta cualidad parece pequeña, pero es importante para la vida diaria y para cualquier tipo de convivencia con los demás, ya que la puntualidad es la que posibilita la coordinación de las actividades de los distintos miembros de la sociedad. Ser puntual significa, por ello, ser responsable, así como respetuoso y considerado con el tiempo de las demás personas. Si remarcamos este último aspecto, podemos hacer que la puntualidad no resulte  una consecuencia fría  de nuestra sociedad, marcada por un reloj, sino que la convertimos en un valor que posibilita el encuentro con las otras personas, considerándolas tan importantes que no debo hacerlas esperar.

La falta de puntualidad puede tener distintas causas: falta de organización, ligada frecuentemente a pretender realizar más de lo que se puede en un tiempo dado o a haber empezado tarde una actividad; falta de dominio para cortar con la actividad en curso y también, aunque sea inconsciente, un cierto grado de egoísmo que me hace considerar mis tareas o actividades más importantes que las del otro, que puede esperar.

En el mundo que nos toca vivir, nos guste o no, no nos queda más remedio que usar un buen reloj y vivir con un horario, a veces, bastante apretado. Nuestros hijos heredarán esta sociedad. Por ello sería una buena costumbre poner la puntualidad como una de las bases de nuestra vida. Si queremos que los niños la aprendan, y sin estrés, hemos de vivir en casa de manera que la facilitemos:

-Calculemos el tiempo necesario para llegar puntuales, seamos realistas: calculemos tiempo de  niño, no de adultos, a veces pedimos imposibles. Apremiar luego sería injusto y contraproducente.

- No nos distraigamos (los padres) con cualquier curiosidad o antojo que no proceda en ese momento, seguro que luego nos tocará correr y ponernos nerviosos. Sin embargo, nos sienta fatal sorprenderles a ellos jugueteando cuando es hora de espabilar (y eso que son niños).

-Pensar que la cantidad de actividad correcta que debemos pretender es aquella que me permite hacerlas todas bien y con tranquilidad. Las personas somos personas (¡qué bonito!), no máquinas ¿para qué queremos hacer más? ¿lo habéis pensado alguna vez?  El rendimiento máximo que hemos de buscar para nuestra realización  será incorrecto y altamente dañino si “excedemos los límites de velocidad”.

Algunas ideas para salir puntuales para ir al cole:

 -Acostarse pronto. Si queremos que se levanten descansados y algo “más ligeros”, debemos asegurar que no les falten las horas de sueño conveniente. Un niño de 10 años aún debe dormir 10 horas; con 12 años, 9 horas.

 -  Si son niños problemáticos en este punto, levantarse calculando el tiempo necesario y 10 minutos más. Cuando son muy pequeños estos 10 minutos pueden servirnos para cuando se han puesto muy rebeldes y se niegan a vestirse o desayunar, entonces podemos hacer el teatro de que nos vamos y él se queda, así aún le dará tiempo para pensárselo y reaccionar. Si nos sobran ¡qué felicidad sentarse y leer con ellos o hablar tranquilamente algo antes de salir, es una buena “infusión” de tranquilidad antes de salir al ajetreo diario! No es lo mismo salir tranquilos que estresados ya desde inicio del  día.

  - Si son mayores (a partir de primero de primaria), podemos ponerles además alguna tarea de colaboración en la casa. No está mal que piensen que la casa es de todos y la hemos de dejar adecentada un mínimo. Es un buen criterio para  toda su vida. Aunque parezca mentira, correrán más. Cuanto más tiempo tenemos, más tiempo perdemos.

 - Cuando un niño no quiere poner de su parte, sufrimos todos. Si conseguimos que los niños quieran, siempre nos sobrará tiempo. Ciertos juegos pueden hacer que los niños quieran y estén muy motivados. Por ejemplo, dibujar el juego de la oca con ellos y colgarlo en la pared de la habitación. Si se levantan y visten en menos de  5 minutos (adaptarlo según el niño), tirarán el dado dos veces. Si tardan más, sólo tirarán una vez (siempre tiran, por tanto, el juego avanza siempre, pase lo que pase. Esto es importante, porque si en un juego no pasa nada, al final aburre). Si son dos hermanos y hay competición, aún es más emocionante.

Otro juego motivación:

Les podemos proponer a nuestros hijos  un reto: levantarse a la hora para salir a la hora exacta para llegar al cole. Es un reto familiar, que todos estén en la puerta a las X: X minutos para el despegue del cohete. Puede haber un encargado de anunciar la cuenta atrás. Avisará  a los 10 minutos antes de salir, diciendo: ¡10 MINUTOS PARA EL DESPEGUE! De nuevo avisará a los 5 minutos antes de la salida, diciendo: ¡5 MINUTOS PARA EL DESPEGUE! ¡ALERTA AMARILLA! (revisión de neceseres, mochilas, almuerzos…)
Finalmente dirá: ¡ALERTA ROJA: 1 MINUTO PARA EL DESPEGUE!   (ponerse abrigos, coger mochilas…) Y cuando queden 10 segundos empezará la cuenta atrás: 10, 9, 8… aquí el padre o madre tiene que ir abriendo cerrojos para que al decir “¡CERO! el cohete no tumbe la puerta.


ORGANIZACIÓN DEL TIEMPO:

A pesar de que el ritmo de vida que llevamos nos deja muy poco tiempo para estar con los niños resulta que no sabemos qué hacer con ellos cuando lo tenemos.  Cuando están desocupados y se aburren, acaban empleando el ingenio y la energía en molestar y procurar guerras a todos los de casa o bien  abusando de ordenador, maquinitas, televisión…

Con los hijos es mejor ir por delante, proponiendo y llevando una dirección,  que por detrás, reprochando o enmendando todos los errores o destrozos. Merece la pena invertir algo de tiempo en planificar; en el fondo, ganamos tiempo y nos ganamos a los niños.

Igual que los maestros no empiezan el curso sin una idea clara de lo que van a hacer ese año, sin una programación precisa de contenidos y actividades, nosotros, padres y madres, tampoco deberíamos empezar sin planificarnos. La organización es una de las claves del funcionamiento de las instituciones y empresas. El hogar es una pequeña institución.

Una manera de organizarse es confeccionar un horario. El horario en nuestra vida vendría  a ser  como el menú en la dieta. Cuando se piensa un menú, se estudia cómo distribuir los alimentos de manera que nos aporten de manera equilibrada todos los nutrientes que se necesitan. También  nos libra de antojos o caprichos y nos anima a comer ciertas comidas, que de no ser programadas, no tomaríamos nunca. Del mismo modo si pensamos un horario garantizamos un equilibrio en nuestras actividades, sin estar tan sujetos a las ganas o a olvidos.

Si empezamos con un horario para los días de cole, nos parece muy conveniente marcar:
  1. Una hora de acostarse y levantarse.
  2. Tiempo de colaboración en el hogar, con pequeños servicios.
  3. Tiempo de estudio.
  4. Tiempo de juego. También nosotros con ellos, aunque sean diez minutos. Esto une mucho y se crea un ambiente de confianza. Procurar también un diálogo personal con cada hijo.
  5. Tiempo de extras. No nos referimos a las actividades extraescolares, sino a unas actividades especiales en casa, por ejemplo, un taller de cocina,  un rato de manualidades, un rato de pintar letreros o inventar juegos que nos ayuden en nuestros propósitos… Indudablemente no pueden ser a diario, pero sí podemos encontrar un hueco a la semana para ir haciendo algo de esto. Por supuesto los fines de semana sí podemos encontrar huecos.

Una consecuencia positiva de llevar un horario es que se acostumbran  a un estilo de vida activo  y ordenado. Se evitan las largas tardes ociosas donde el sofá, los juegos de ordenador, el mal uso del móvil… vayan anulando las muchas capacidades que tienen. 

martes, 4 de febrero de 2014

EDUCAR CON CUENTOS: LA OBEDIENCIA



Siguiendo la metodología descrita en PROGRAMA DE EDUCACIÓN EN VALORES A TRAVÉS DE CUENTOS os proponemos el tema de la obediencia.

Todos sabemos que cada miembro de la sociedad tiene unas obligaciones y unos derechos. De los derechos no hay mucho que hablar, los tenemos clarísimos y los defendemos. En cuanto a las obligaciones habría más debate, pues impera en nosotros la ley del mínimo esfuerzo y nos es más difícil dar que recibir.

Aunque lo ideal sería que cada uno cumpliera con responsabilidad estas obligaciones, sabemos que de hecho, no es así. Es necesario poner unas normas y leyes que nos "obliguen" a cumplir  esas obligaciones, que ayuden a nuestra falta de voluntad. Obligaciones que en el fondo aceptamos y comprendemos necesarias. Por ello ha de haber unas personas que aseguren su cumplimiento; estas personas, se dice que tienen autoridad sobre nosotros. Resumiendo, se trataría de cooperar libremente en el cumplimiento de mis obligaciones, guiados o dirigidos por unas personas que tienen potestad para hacerlo. Así, más o menos, podríamos definir la obediencia.

Importa mucho trabajar este valor en los niños. Hemos de tener el arte de ganarnos su confianza, ganarnos la autoridad. Conviene educar esta disposición a aceptar lo que hay que hacer (obedecer), por la razón de que es bueno y conveniente, independientemente de si apetece o no. Para ello hemos de hacerles ver el lado positivo de las cosas, hacerles gustar del beneficio de los buenos valores y acostumbrarles a que se guíen por ello (nosotros también, claro). Como veis,  aquí las ganas no pintan nada. A este respecto se nos viene a la cabeza una anécdota que nos contaba un padre. Su hijo no quería sentarse a estudiar y  no hacía más que protestar y decir que no tenía ganas. El padre, después de mirar un momento la mochila dijo con resolución: - ¡Estás de suerte, hijo! Menos mal que  has traído todo lo necesario: libros, cuadernos, estuche... y aquí en casa hay mesa, silla, luz... ¡perfecto!  Las ganas en realidad no hacen falta para hacer los deberes, puedes empezar tranquilo.

Ante sus lloros y protestas, no ceder. Consentir es enseñarles que todo es relativo y vale cualquier cosa. Si se acostumbran a eso ¿quién podrá asegurar que ese criterio no les guíe también en su adolescencia y juventud y acepten como válida la opción más descabellada y egoísta?

La autoridad es necesaria. ¿Verdad que no nos cuestionamos que en el colegio haya autoridad? Imaginemos que ocurriría si cuando un profesor mandara los deberes y los chicos empezaran a protestar, éste dudara y dijera: - bueno, vale, no los hagáis... O si el horario marca lengua, y  un niño dijera que no tiene ganas de lengua que mejor mates, que le gusta más... y el profe dijera:
 - bueno, pues vale, hagamos mates...
¡¡Estaríamos perdidos!!
Pues igual de perdidos  estaremos  si en casa  nos falta esa autoridad. La autoridad, bien usada, es fuente de orden y bienestar.

Aunque no se pueda asegurar una obediencia instantánea y con buena cara, sí que existen pautas para que los niños se acostumbren a que se hace lo que dicen los padres y no lo que decidan ellos. Nos encontramos ante una época en que nos hemos acostumbrado a que los hijos tengan que estar de acuerdo con lo mandado. Y no es preciso que sea así; indudablemente mejor si lo están, pero hacemos muy bien cuando les mandamos lo más formativo para ellos, aunque no les guste. Si no pensemos: ¿dudamos de mandarlos al colegio, aunque lloren? ¿dudamos de vacunarlos aunque ellos no quieran?

Nuestros hijos, como cualquier cachorro de la naturaleza, necesitan que se les cuide hasta la madurez  ¡hay tantos peligros! Lo que ocurre es que el hombre, como ser racional, necesita madurar también su razón para ser  capaz de razonar, escoger, decidir…del modo más conveniente;  de ahí que la mayoría de edad venga unos años después de la madurez física.

 Los padres tenemos la responsabilidad de su formación y por ello el deber de tomar las decisiones que creamos mejores para ellos. Se habla del Síndrome del Emperador, niños que se creen con derecho a decidir y mandar…y así deciden, de hecho, el lugar de vacaciones, a qué hora se acaba una visita, a qué hora se acuestan, o qué canal se ve en casa. Además, los niños sólo piensan en jugar, no tienen la capacidad de imaginarse su porvenir por eso siempre tiran a lo más fácil y cómodo. Ahí estamos nosotros para avisarles de ese espejismo engañoso. ¿Cómo vamos a dejar en manos de un inmaduro ciertas decisiones, que a menudo afectan a su vida, presente o futura e incluso a toda la familia? Nosotros hemos de darles los criterios, la firmeza y seguridad que a ellos les falta.

Que tengamos que mandar y decidir no quiere decir, ni muchísimo menos, que seamos dictadores; ni tampoco que se pueda hacer de cualquier manera. Este es un gran peligro que corremos los padres. No se puede, ni de lejos, abusar de la autoridad. Hay que orientar siempre dialogando, razonando, sin enfados ni gritos. Toda persona, también los niños, merecen todo el respeto.

La educación no se ha de imponer de una manera gravosa, aburrida, machacona y cansina. La verdadera educación ha de ser capaz de penetrar, sin violencia y con profundo respeto, en ese punto secreto de cada persona donde se activan de una forma totalmente libre los mejores recursos de la personalidad de los hijos.

ALGUNAS PAUTAS PARA FACILITARLES LA OBEDIENCIA:

·      No preguntarles tanto.
No quiere decirse que no se pueda hacer, pero ¡cuidado! Si les preguntamos por costumbre, crecerán con la certeza de que son los que tienen la última palabra en todas sus cosas y el derecho a que nosotros se lo proporcionemos. ¡Qué peligro! Preguntas como:
-¿qué quieres para merendar?
-¿nos vamos ya?
-¿no te pones a hacer los deberes aún?
Podrían cambiarse por:
-Toma la merienda, hoy toca jamón ¡ñam!
-Cariño, es hora de marchar.¡Vamos!
-Ya ha llegado la hora de hacer los deberes
Que se acostumbren a obedecer. No importa que se quejen (¡a quién no se le escapa una queja ante una tarea que nos disgusta o un contratiempo!) Démosles un margen para desahogarse, con el tiempo irá a menos. Se quejan porque no les gusta lo mandado, pero no siempre quieren decir con eso que no están dispuestos a hacerlo, sino ¡caray!¡qué rollo! ¿no? No cedáis ante sus lloros y gritos, que a veces parece que los estén matando ¡que exagerados! ¿verdad? Si nos conocen, aunque se quejen, en su interior bien saben que aquello hay que hacerlo. De nuestra firmeza depende el éxito de aprender a obedecer, si cedemos ya habrán aprendido que con ponerse pesados, super pesados o archirrequetesuper pesados lo conseguirán.

·      No jugar al ping- pong.
Por ejemplo:
-Recoge los juguetes.
-No.
-Si.
-Que no.
-Que te he dicho que recojas los juguetes.
-No quiero.
-Oye, ¿cómo tengo que decirte las cosas? Recoge los juguetes ahora mismo.
No les devolvamos la pelota, si no, la volveremos a recibir. Además, les enseñamos a contestar. Realmente, nuestra autoridad, nuestro sí, vale porque somos sus padres, no porque lo digamos más veces, más fuerte o los últimos. Se han de acostumbrar a que las cosas se mandan una sola vez y basta.

·      Ponerles límites.
Si vemos una tendencia clara de que cuando hablamos y damos una orden somos ignorados, no debemos permitirlo. Si no podemos con ellos ahora, ¿qué será después ? En todos los colectivos hay unas normas y debemos saberlas cumplir. ¿Os imagináis un colegio, o un país donde no se respetara la autoridad y cada uno hiciera lo que quisiera? Sería un caos.
Por eso es tan positivo educarles en el cumplimiento de las normas, valorando que es necesario para que los grupos funcionen bien. Con suavidad, pero con determinación y firmeza podemos recordárselo, p.ej: “¿no dijimos que ordenarías la habitación? Bueno, no te preocupes, aún tienes tiempo antes de salir a la calle … “ y tener nosotros muy claro que éste es el orden correcto y no se puede invertir, es decir, primero se trabaja y luego se descansa (sino han trabajado ¿de que van a descansar?) y nunca ceder por aburrimiento. Esto es poner un límite.


JUEGO MOTIVACIÓN:
Como les gustan mucho las aventuras podríamos tener como una gran senda, que lleve a Barbarroja a un tesoro. Para llegar al tesoro debemos ir dando pasitos de “obediencia”, cada logro, una huella.
Los padres pueden pensar en qué momento conviene reforzar la obediencia: si para ponerse a los deberes pronto, o para acostarse o levantarse, o para estar puntuales a la hora de salir al cole... o en varios momentos. No se trata de agobiar, pero por lo menos que haya avance en algún punto concreto. Según sean los niños de dóciles o no, pueden ser suficientes dos o tres puntos fuertes, o si se puede y les gusta, más.


Al llegar al cofre, podemos entregarles el mapa de un tesoro. El tesoro puede estar escondido en la casa; si es la hora de la merienda, puede estar en el congelador y ser un helado u otra merienda especial, también puede ser una carta donde le digamos lo que le queremos y que les ha tocado que los papas jueguen con él al lobo (pero tirándose por el suelo y todo ¿eh?) u otra cualquier cosa que queráis imaginar.
Los juegos de motivación conviene que los mantengáis vivos durante todo el mes. Es tarea de los padres. A veces se aburren, pero vosotros seguís constantes, como si nada y al cabo de un tiempo, cuando se ven avanzados, vuelven a entusiasmarse. Acabarlos siempre, pues si no, les enseñamos la inconstancia y de alguna manera, que los consideramos unos imposibles y que nos damos por vencidos.
Ahora os presentamos las historias, una para cada semana del mes, para que podáis recordar el tema de la obediencia, repasar como va, y reavivar el propósito de forma atractiva para ellos.

PRIMERA HISTORIA: "OBEDIENCIA PRONTA"
Había una vez tres mariposas que eran amigas: Violeta, Rosa y Amapola. Violeta vivía en una violeta, por eso se llamaba así. Rosa vivía en una preciosa y olorosa rosa, y Amapola, como podéis imaginar, vivía en una amapola silvestre.
Las tres iban al colegio todos los días, aprendían mucho y se lo pasaban muy bien. Violeta tenía una virtud que las otras dos mariposas no tenían mucho, se trataba de la obediencia.
Por ejemplo os voy a contar lo que les pasó un día. Por la mañana la profesora Susú, les mandó sentarse a trabajar una ficha. Violeta, como siempre, obedeció a la primera y se puso a trabajar con esmero. Sin embargo, Rosa y Amapola, se entretuvieron hablando y empezaron mucho más tarde. De esta manera cuando llegó la hora de ir al recreo, Violeta salió de las primeras y sus dos amigas tuvieron que quedarse a terminar el trabajo. Cuando al fin lo terminaron y salieron al patio, apenas les quedaban tres minutos. Además vieron a Violeta y dos más que tenían unos globos tremendos.
– ¿De dónde los habéis sacado? – preguntaron Rosa y Amapola.
– Nos los ha dado el conserje –dijo Violeta- porque nos ha pedido ayuda un momentito al principio del recreo.
– ¡Vaya suerte!- Si hubiéramos acabado nosotras a tiempo hubiéramos estado en el patio cuando el conserje pidió el favor.
Al cabo de un rato vuelven a clase, y la profesora manda recoger unas construcciones. Violeta obedece pronto, junto con otras mariposas, por ello reciben la felicitación.
Pero lo bueno pasó por la tarde. La profesora los lleva de excursión al campo, porque es primavera y los campos están llenos de flores
– ¡Disfrutad del día, chicos! – dice la profesora, pero venid en cuanto os llame.
Todos vuelan felices, ¡es maravilloso! Juegan, se persiguen, descubren flores nuevas. Violeta, Rosa y Amapola juegan contentas. Descubren una extraña flor y quieren verla de cerca. Vuelan hacia allí curiosas. De pronto se oye a la profesora:
– ¡Violeta, Rosa, Amapola! ¡¡Venid!!
Violeta, como siempre, obedece a la primera, y por ello... ¡Se salva de una tremenda telaraña, donde quedan atrapadas Rosa y Amapola! La profesora les quiso avisar, pero como ellas continuaron su vuelo sin obedecer… Muertas de miedo se ponen a llorar.
Todos corren a ayudarles y la profesora les salva con unas tijeras. Desde entonces prometen ser OBEDIENTES A LA PRIMERA. Han aprendido la lección.

HISTORIA SEGUNDA SEMANA: "OBEDIENCIA ALEGRE"

Pablo era un chico muy protestón. Obedecía... pero poniendo siempre pegas. La verdad es que era aburrido escucharle.
Ya por la mañana se levantaba, pero quejándose de que no quería ir al colegio, que estaba cansado. Después se quejaba de la ropa: quería el chándal azul, y además los calcetines siempre le molestaban. A continuación si le mandaban venir a desayunar se quejaba de la leche. Y finalmente se quejaba cuando le mandaban hacer la cama antes de ir al colegio.
En el colegio, parecido. Con la profesora no se atrevía tanto, porque le daba vergüenza, pero con los amigos sí. Cuando proponían un juego siempre tenía que quejarse de que ¡vaya rollazo! Si le decían de portero, no quería, si le decían que delantero se quejaba del otro compañero: ¡Con fulanito, no! Con el tiempo iba perdiendo amigos, porque, era muy cansado escucharle. Y así. Hacía las cosas, pero siempre de mal humor, mal humor para los deberes, para las tareas de la casa, para cualquier obligación...
Un día vino a casa su primo Miguel. Tenía que quedarse una semana en casa, porque sus padres habían de hacer un viaje importante. ¡Qué suerte! Eran muy amigos, sería superdivertido. Miguel era un chico alegre y voluntarioso. Nunca parecía de mal humor. Iban pasando los días, y Pablo notaba que esa semana era especialmente agradable, no se daba cuenta de que no le costaba tanto hacer las cosas.
Cuando llegó el tiempo de marchar Miguel, Pablo se le sinceró :
– ¡Todos los días hemos hecho los deberes muy bien y casi no me han costado! ¿Por qué será?
Miguel le contestó:
– ¿sabes? Conviene obedecer con alegría. Así todo se hace más llevadero. Sigue mi consejo, Pablo y di siempre VALE cuando te mande algo tu madre ¿vale?
– Vale– dijo riendo Pablo.
– Haz la prueba en serio esta semana y verás-.
Así fue como Pablo, acordándose del buen consejo de su primo se esmeró en obedecer diciendo “SÍ”, y callando las pegas esa semana. Se dio cuenta de lo contento que estaba. Contentos sus padres, sus amigos, sus profesores y sobre todo él, muy contento. ¡Qué sencillo era, y no se había dado cuenta!

HISTORIA TERCERA SEMANA: "OBEDIENCIA CON RESPETO A PADRES Y SUPERIORES"
John era un chico de trece años, que todos los veranos iba de acampada. Su sueño era llegar a ser monitor. Su primo Dick ya lo iba a ser ese año, tenía 14 años. Era de los chicos que más jóvenes iban a ser monitor. ¡Qué orgullo! Cuando le veía lucir el pañuelo de diferente color que los acampados, no podía evitar un pequeño sentimiento de envidia. “¡Quizás el año que viene yo también sea!. A fin de cuentas he superado ya la mayoría de las pruebas, sólo me queda la de la noche de supervivencia, que la haré este año. ¡Qué emocionante que le dejen en el bosque una noche solo, y saber sobrevivir, haciendo tu propia tienda de campaña, encender fuego. Un poco de miedo he de pasar, pero ¡bah! Una noche se pasa pronto, y ya seré todo un montañero!” – pensaba.
Con estos ánimos empezó la acampada. Su primo Dick tomó su cargo con mucha responsabilidad. Y a John le tocó un grupo majo. Se sentía algo superior a los demás del equipo, a fin de cuentas, él era el mayor, aunque fuera por unos meses, y sobre todo porque ya tenía todos los méritos logrados, salvo el de la noche de supervivencia.
John, además tenía un feo defecto, también en casa sus padres se lo reprochaban: contestaba mucho cuando le mandaban algo, faltando incluso al respeto. Así, cuando el jefe de la patrulla mandaba un servicio que no era de su agrado, no se cortaba al responderle:
– Ala, jefe, eso lo harás tú, que yo no tengo ganas
O cuando era hora de dormir,
– Déjanos un poco más, pesado, que estamos contando chistes.
Ni que decir si había que acabar un juego:
– De qué vas jefe, ¿cómo vamos a dejar el partido?
Cuando el monitor planeaba una búsqueda en un juego de espionaje:
– Vamos, chicos por aquí – decía.
– ¡Hei! No iros por ahí, chalaos – no tardaba en responder John.
Así era su forma habitual de contestar: faltaba al respeto con mucha frecuencia.
Llegó el día de la prueba de la supervivencia y la superó con garbo, aunque daba respeto dormir solo en la profundidad del bosque. John era valiente y se alentaba con la ilusión de ser jefe al año siguiente. ¡Ya tenía todos los méritos logrados!
Mira por donde, un jefe de patrulla cayó enfermo y se corrió la voz de que pondrían en su lugar a un acampado adelantado. Su corazón se llenó de gozo. ¡él era el acampado ideal! ¡el mayor y con todos los méritos! Pero... ¡cuál fue su desilusión cuando vio que el escogido era un compañero de tienda que aún no tenía todas las pruebas y de edad ligeramente menor, pero que era modelo de obedecer y no faltar nunca al respeto a los superiores!

HISTORIA CUARTA SEMANA: "OBEDIENCIA, INCLUSO CUANDO NADIE TE VEA"
Sara era una niña muy amiga de Marta. Sus madres se conocían también mucho, por eso, cuando tenía una visita de médico sabía que podía dejar, con total confianza, a su hija en la casa de la amiga. Estaría bien cuidada.
Por eso, esa tarde, Sara iba a ir a casa de su amiga Marta. ¡Qué ilusión le hacía! Como era sábado no había mucha urgencia de deberes, pero de todos modos, se llevó un libro, por si acaso.
Después de los saludos alegres del principio, la madre de Sara se marchó y ellas se pusieron a jugar.
Pero mira por donde una llamada telefónica cambió el rumbo de la tarde. La madre de Marta, después de colgar el teléfono, se acercó a las niñas y les dijo:
– Marta, cariño, el abuelo ha llamado que la abuela se encuentra mal. Como sé que os vais a portar bien, me marcho a ver que necesitan, me ha parecido preocupado ¿vale?
– Vale mamá, no te preocupes.
La madre se fue y ellas siguieron jugando. Al cabo de un rato, Marta vio que era la hora de merendar. Fueron a la cocina, prepararon unos vasos de leche y unas galletas. Después Sara vio con sorpresa como Marta recogía las cosas y fregaba los vasos. Tampoco se olvidó de pasar la gamuza por la mesa y acercar las sillas a su sitio.
Pero lo bueno fue cuando Marta invitó a Sara a hacer deberes.
– Es la hora de los deberes, ¿hacemos un ratito?
– Pero ¡cómo, si hoy es sábado! Además, no está tu madre, podemos hacer lo que queramos.
– Es que yo quiero obedecer a mamá, antes de que tú vinieras ya habíamos pensado qué haríamos: jugar, merendar, deberes y luego jugar otra vez.
– Bueno – dijo Sara sorprendida al ver la seguridad de su amiga.
Dicho y hecho. Se pusieron a estudiar un buen rato. ¡Y lo que les cundió! Porque cada vez que Sara hablaba de alguna ocurrencia fuera de los deberes, Marta sonreía y le decía:
– No nos despistemos, y acabaremos antes ¿vale?
Al llegar el tiempo marcado guardaron todos los lápices y cuadernos y se pusieron a jugar. Sara estaba sorprendida de lo satisfecha que se sentía, de tal modo, que no pudiendo contener la alegría comentó a su amiga:
– ¿Sabes que estoy muy contenta de estar esta tarde contigo? He estudiado y estoy contenta y ahora el juego me sabe mejor. Yo en casa, si no me ve mi madre, me escapo, pero tú no...

– Ya, pero en el fondo sabes que lo que te piden ellos es lo mejor para nosotras y en realidad es lo que nosotras queremos tambien, por tanto ... hagámoslo, estén ellos o no.

lunes, 27 de mayo de 2013

PROGRAMA PARA EDUCAR EN VACACIONES


 


Se van acercando rápidamente el final de curso y las vacaciones de verano. Indudablemente es un respiro y se necesitan, pero  por otro lado si no sabemos qué hacer con los niños tanto tiempo, puede desbordarnos la situación. Sabemos que cuando están desocupados y se aburren, acaban empleando el ingenio y la energía en molestar y procurar guerras a todos los de casa o bien  abusando de ordenador, televisión, calle…
Con los hijos es mejor ir por delante, proponiendo y llevando una dirección,  que por detrás, reprochando o enmendando todos los errores o destrozos. Merece la pena invertir algo de tiempo en planificar; en el fondo, ganamos tiempo y ganamos niños.
Igual que los maestros no empiezan curso sin una idea clara de lo que van a hacer ese año, sin una programación precisa de contenidos y actividades, nosotros, padres y madres, tampoco deberíamos empezar el verano así. Por supuesto no es necesaria tanta formalidad ni tanto detalle, pero sí una idea clara de qué queremos hacer este verano, qué actividades no deben faltar y qué horario. La organización es una de las claves del funcionamiento de las instituciones y empresas. El hogar es una pequeña institución.

Nos parecen  actividades imprescindibles:
  1. Poner una hora de levantarse. Cada uno piense una hora adecuada que asegure el descanso necesario, pero una vez conseguido... ¡¡arriba, que hay mucha vida por vivir!! Si aseguramos esto, todo irá muy bien. Si empezamos pactando con la pereza, la arrastraremos todo el día.
  2. Tiempo de colaboración en el hogar, con pequeños servicios, adaptándonos a las edades. Nunca lo omitáis, más que el trabajo en sí que puedan realizar es el hábito, la disposición que se va generando en ellos lo que es vital.
  3. Tiempo de estudio. También con poco será suficiente. Conviene que no olviden lo adquirido durante el curso para no empezar el curso a cero. El ponerse al día después se les podría hacer muy duro.
  4. Mucho tiempo de juego: familiar y solos, de todo. Juegos de deporte, de mesa, de parque... tenemos mucho para variar (no queremos decir todo en un día, claro). También puede ir bien recorrer las habitaciones de casa con papel y lápiz para ir anotando todos los juegos o actividades que tenemos en casa, que se acumulan en los armarios y no les sacamos provecho. Hay muchos muy interesantes, divertidos , culturales, de destreza... ya sabéis: puzzles, construcciones, de manualidades, de conectar preguntas con respuestas, de ingenio, de cultura, de magia... en fin ¿para qué queremos tantos, si no los usamos?
  5. Tiempo de dialogo familiar y personal con los distintos miembros de la familia. Empezando entre nosotros, padres, como base de los otros. Tenemos más tiempo para fomentar la unión entre nosotros y con ellos. Estos diálogos conservarán de forma natural la apertura de los hijos a los padres, que tanto deseamos todos. También es el momento de hacerles pensar sobre alguna actuación o comportamiento que no estuvo bien y porqué, y si fuera conveniente ponerles alguna penalización ya que esto les ayuda a comprender donde están los límites.
Y luego todo lo que queráis: manualidades, parque, cocina, música, inglés, deporte, disfraces… Realmente necesitamos todo un verano para poder hacer todo esto, no lo desperdiciemos. Son años preciosos, que no volverán  (aunque  haya otros), los cimientos  que pongamos ahora nos permitirán construir muy alto después.

EL SECRETO DE LOS ENANITOS:
Por si ayuda a ambientar todo esto, podemos presentaros a unos personajes que todos bien conocemos: Blancanieves y los siete enanitos. Si  a algún hijo le resulta infantil, se le puede encargar de presentar todo esto al otro(s) hermano(s) y que lo anime él echándole una buena dosis de imaginación.
Cada semana le tocará a un personaje ser el protagonista y explicar el secreto de su nombre. Nos hará pensar sobre un valor y nos  podemos proponer algo de forma conjunta  en casa. Sería muy conveniente fijar una asamblea al final de la semana para evaluar cómo nos ha ido el propósito y para presentar al nuevo personaje.
Como idea sencilla, se puede dibujar el personaje (en entretela blanca y con plastidecores quedan muy vistosos) e ir decorando la habitación. Esto hace atractivo al niño toda esta historia, le es mucho más fácil de recordar y al mismo tiempo le mantiene la ilusión por  llegar a tener todos los personajes. Ahí os los presentamos.

Enlace a fichero.pdf con las figuras















miércoles, 17 de abril de 2013

EDUCAR CON CUENTOS: APRENDER A CONVIVIR


Siguiendo la metodología propuesta en Programa de educación en valores a través de cuentos, vamos a tratar el tema de la convivencia.


Convivir, como su nombre indica, es vivir con;  por tanto podríamos definir  “convivir”  como el arte de saber vivir con otras personas. El hombre es un ser sociable por naturaleza, de ahí que se realiza en esta relación con los demás, en esta proyección de su ser y su actividad en los otros. Cualquier profesión cobra todo su sentido cuando se realiza con este empeño de beneficiar y ser útil a la sociedad. Todo esto es aún más patente en la familia, un espacio en el que el círculo de las relaciones es mucho más estrecho e intenso, donde cada miembro tiene el gratificante  deber y  derecho de dar y recibir, de ser querido y aceptado.
Bien pensado saber convivir  es la “asignatura” más práctica y necesaria de todas, pues estamos inmersos en una sociedad,  la que más provecho nos puede hacer en nuestra vida y de la que depende, en buena parte, nuestra felicidad. Conviene valorar todo aquello que mejore la convivencia pues si en nuestro espacio familiar o laboral falla, nos sentiremos fracasados, aunque no falte detalle en la vivienda o instalaciones.

Una buena convivencia no depende sólo de la suerte, es también fruto de nuestro empeño.

Indudablemente, hay personas con un natural más agradable que otras, pero la buena convivencia es algo que todos podemos conseguir; obviamente con esfuerzo, como todo en la vida.
Podríamos analizar algunos aspectos que ayudan a mejorar nuestra convivencia:
  • Superar el individualismo. 
  • Saber escuchar.
  • Aumentar la comunicación.
  • Saber dialogar.
  • Ponerse en el lugar del otro, aumentar nuestro nivel de comprensión.
  • Reconocer nuestros errores, saber pedir disculpas, saber disculpar.
  • Tolerancia, Afecto.

Superar el individualismo:
 El espíritu competitivo de nuestra sociedad, la vida de prisas que llevamos y el egoísmo innato al hombre, producen un efecto de “ir a la nuestra” que parece ir aumentando en cada generación.
El individualismo, es decir, mirar en exceso por uno mismo, el pensar que lo mío es lo único que importa, es un espejismo que se paga caro. Los demás existen, por tanto vivir como si no existieran es vivir fuera de la realidad. Por ejemplo, los hijos existen. Cuando uno se prioriza constantemente a sí mismo se crea un ambiente incómodo alrededor que acabará incluso contra él. Se entra en una espiral cuyo centro es uno, que acaba ahogando.
El individualismo es dañino en cualquier parte, pero en la familia es letal. Entre padre y madre y entre éstos y los hijos ha de sentirse que los demás cuentan, son queridos y tenidos en cuenta. No tengamos miedo a dar nuestro tiempo, a ceder. En estas cosas quien parece que pierde “gana” y el que parece que gana “pierde”.


Saber escuchar:
 Y que lo perciban los demás. Escuchar mucho, escuchar siempre. Dejar que se expliquen hasta el final, aunque a veces imaginemos lo que nos van a decir. A veces sólo buscan  sentirse escuchados, encontrar alguien con quien compartir la carga de sus pequeñas o grandes preocupaciones.  No deberíamos permitir nunca que en nuestra familia alguien se sienta solo. Escuchar no está reñido con decirle correctamente a un hijo que hablaremos más en otro momento, si el horario no lo permite. También es educar el regirse por el orden que la vida nos impone. 


Aumentar nuestra comunicación:
 Sí, nos conviene abrirnos. Igual que nos gusta que tengan confianza con nosotros y nos cuenten sus cosas,  a los demás también que yo les haga partícipes de lo mío. Notan que les apreciamos y que son dignos de nuestra confianza.  Esto no anula la discreción para contar las cosas a quien se deben contar, pero siempre es posible dar calor al ambiente con una conversación adecuada al momento y a las personas presentes.
Saberse abajar a los niños con los temas que a ellos les gustan, aunque sea reírse de un chiste que te  han contado tres veces. Sabernos contar padre y madre nuestros sentimientos, los acontecimientos diarios, lo que nos preocupa, darnos ánimos, relativizar las preocupaciones…  Esto es mucho más importante de lo que parece. Toda esta comunicación produce, suave y naturalmente, una fortísima unión entre las personas. Desgraciadamente la falta de esta comunicación produce, también suave y naturalmente, una fortísima desunión.


Saber dialogar:
Un largo tema que ahora sólo nombraremos. Fundamental entre padre y madre. Fundamental con los hijos. Fundamental con todos. Hace falta tener una mentalidad abierta para aceptar la manera de pensar de los demás, con respeto.
Lo ideal sería tener un clima de diálogo donde se pueda hablar con libertad porque  uno se sienta escuchado y respetado, donde se vean pros y contras, se razone sin intereses, buscando lo  mejor. Cuatro ojos ven más que dos; no se trata de ver quien gana, sino de encontrar la mejor solución   ¿no es así?  Una vez encontrada  se acepta gustosamente, sin importar quien la propuso.
Un clima de diálogo correcto nunca debería aceptar los enfados, imposiciones y prepotencia, interrupciones y atropellos… esto no lleva a ninguna parte. Es más, si la ideología de una persona  acepta todo esto y falta el respeto debido a las personas, se desacredita a sí misma y a su manera de pensar.


Ponerse en el lugar del otro, aumentar nuestro nivel de comprensión:
Un ejercicio que debemos practicar con frecuencia. Cuando alguno de los nuestros tenga un desliz o una actuación incorrecta no nos irá mal pensar: ”¿cómo se sentirá?... quizás haya pasado un día tenso o esté cansado”. Hemos de comprender que cada uno andamos por la vida “azotados” por muchos vientos. También podría ser debido a su forma de ser o carácter. El hombre es un ser muy complejo, resultado de una infinidad de factores: la educación recibida, las circunstancias que le ha tocado vivir, su propio temperamento, su propio físico…
Siempre nos irá mejor dar un amplio margen al otro, saber esperar... Esto no está reñido con hablar en otro momento, sino  todo lo contrario. Debemos hablar muchas veces, quizás más de lo que lo hacemos, pero siempre de tal modo que el otro se sienta comprendido y animado. 


Reconocer nuestros errores, saber pedir disculpas, saber disculpar:
Si nadie es perfecto ¿por qué nos costará tanto disculpar? Sin embargo ¿por qué nos gustará tanto que nos disculpen?
Cuando una persona es capaz de reconocer su error y pedirnos disculpas parece recuperarse la distancia que se había creado entre nosotros y ella. Deberíamos ver muy natural el  gesto de pedir perdón por nuestros fallos,  así como el de disculpar al que comete errores, ya que el equivocarse es igual de natural en las personas. No nos empeñemos en crear barreras entre nosotros, seamos amigos de quitar hierro a los errores ajenos y evitaremos muchísimos problemas y sinsabores.


Tolerancia y Afecto:
Es muy importante saber vivir en este mundo rodeado de personas de mil formas y colores, y que piensen de forma muy distinta. Obviamente cada uno tenemos unos criterios que nos convencen y dirigen nuestras actuaciones, pero esto no está reñido con respetar la forma de pensar de los demás. Con esta mentalidad todos salimos ganando, pues no hay unos contra otros sino distintas aportaciones, distintas visiones de las cosas y problemas. Si aplicamos fuerzas en la misma dirección (progresar, construir, encontrar soluciones…) éstas se suman; si tiramos en direcciones contrarias, se anulan.
Se habla mucho de la tolerancia, aceptar a las personas y respetarlas. Está muy bien, pero se queda bastante corto. A las personas no sólo hay que tolerarlas (sobrellevarlas con resignación), se merecen más, mucho más. Les debemos afecto. Cada persona es una riqueza para los demás, a pesar de sus limitaciones, y sólo cuando nos sentimos valorados somos capaces de sacar lo mejor de uno mismo. Empecemos por los de nuestra casa, que no les falte nunca nuestra ayuda y nuestro afecto.
Otra idea que puede ayudarnos a aumentar el afecto en casa es la de  tener detalles. Hay hermanos que se pelean con frecuencia, podemos aconsejarles que compensen sus “déficits” de tolerancia  con “extras” de afecto;  por ejemplo, si uno pegó o insultó a otro en un momento dado, puede compensar esa falta de tolerancia con un extra: hacerle su cama u otro trabajo que le correspondiera. Se trata de restituir el afecto que indebidamente se le quitó.
 Si queremos que en nuestra casa abunden este tipo de detalles, los padres hemos de ser los  principales promotores. Hacer  favores, dar sorpresas, ayudar desinteresadamente… todo esto refuerza fuertemente la convivencia.


JUEGO MOTIVACIÓN: “FUEGO EN LA ISLA”

Ahora vamos a proponernos un juego que fomente el pensar detalles para hacer a los demás.
Nos pondremos un fin de semana con nuestro hijos a dibujar en un gran cartel un paisaje de mar con  dos islas caribeñas, separadas unos 20 cm una de la otra. En una de ellas hay fuego. En ella viven muchos animalitos que ahora están en peligro de muerte. (Estos animalitos los podemos recortar de cuadernos ya usados del cole, revistas, cuadernillos baratos de colorear, o dibujados por ellos). Los ponemos pegados en la isla con un pequeño celo.
Ahora cada niño va a tener una pequeña canoa donde cabrán él o ella (será un muñequito que lo represente)  y uno de los animalitos que quieren salvar. El objetivo es llevarlo a la otra isla, donde estará a salvo y vivirá muy a gusto entre  sus palmeras. Para ello, la canoa tiene que avanzar 5 ó 6 tramos (puede ser útil el belcro adhesivo para fijar la canoa y marcar los tramos; también puede ser plastificar el trayecto con un celo ancho y usar un rollito de celo normal para pegar la canoa al camino). Cada vez que el niño/a tenga un detalle con alguien de la casa, avanza la canoa.  ¡A ver a cuántos animalitos logramos salvar! Es toda una hazaña ayudar y arriesgarse por alguien, sensibilizarse por las necesidades de otros.



 












Al final de mes podemos hacer una fiesta  con globos y cadenetas (siempre preparar todo con ellos, poniendo mucha emoción, que les gusta muchísimo) para celebrar que TODOS se han salvado gracias a nuestra valentía y disponibilidad. ¡Celebremos que en nuestra casa nos queremos!



HISTORIA DE LA PRIMERA SEMANA: PONERSE EN EL LUGAR DEL OTRO:

(Adaptación de un cuento oriental)
Julio y Enrique iban a 3º de Infantil y tenían 5 años. La profesora les mandó jugar en el rincón del mercado. Tenían una tienda muy maja, provista de tomates, pimientos, patatas, verduras... en fin, de todo un poco y un gracioso carro de compra. Al cabo de un rato se peleaban porque los dos querían el carrito. La profesora les invitó a pensar en el otro.
                -¿Y qué es pensar en el otro?- dijo Julio.
                - Os lo voy a explicar con un cuento – dijo Manoli la profesora.
“Había una vez un duende que quiso enseñarle a una niña, Maribel, el país de las penas y el país de la felicidad.
- Vamos primero al país de las penas –le dijo el duende a Maribel.
 Le llevó a un gran salón, muy bonito y acogedor, donde había una mesa larguísima, llena de manjares, helados y chuches. Alrededor había muchos niños que querían comer de la fiesta, pero... ¡no podían doblar los brazos! Entonces cogían algo, y no podían metérselo en la boca porque no podían doblar el codo. Así todos gemían y nadie comía, y sufrían de apetito sin poderse saciar.
– Vamos ahora al país de la felicidad –dijo el duende.
 Aparecieron en el mismo salón, con la misma mesa y los mismos manjares, helados y chuches. Llena de niños que no podían doblar los brazos.
-¡Eh! –dijo Maribel– querido duende, te has equivocado y me has traído otra vez al país de las penas.
-No, Maribel, fíjate ahora lo que va a pasar.
Los niños que estaban a la mesa pensaban: “Pobre niño de en frente, no puede comer porque no puede doblar el codo. Voy a darle yo”  y eso hacía, cogía algo y le decía: “Toma, amigo, come” “Oh, gracias, toma tú también” –respondía el de enfrente. Y así comían todos y se reían felices, pues todos se preocupaban de los demás y todos quedaban saciados”.
                Manoli la profesora les explicó:
– ¿Veis? ¡Qué bonito! Ahora podéis hacer lo mismo. Julio puede pensar: ¡Qué a gusto jugará mi amigo con este carrito tan mono! Se lo voy a dejar para que eche tomates y fruta. ¡Se lo pasará en grande!
Julio miraba atentamente a Manoli y dijo:
Toma Enrique.
Su amigo jugó un rato, pero él también había comprendido la historia y también quería hacer feliz a su amigo. Por eso, al cabo de unos minutos se acercó a Julio con el carro y le dijo:
Ahora te toca a ti un ratito, que yo ya lo he tenido.
Gracias.
Sin darse cuenta, al cabo de un rato, Julio y Enrique jugaban tranquilamente sin pelear y compraron y vendieron un montón de cosas.

HISTORIA DE LA SEGUNDA SEMANA: SORPRESA A MAMA.

Era una familia con tres niños: Beatriz, la mayor, tenía 10 años; Luis 6 y Marcos 4.

En el colegio estaban trabajando el tema de la paz, que suele ser a finales de Enero. Y Beatriz, que solía tener brillantes ideas, les propuso a sus hermanos el siguiente plan.
                –  ¿Qué os  parece si hoy le damos a mamá una sorpresa? En vez de pelearnos vamos a tener todo hecho antes de que vuelva de comprar.
En esto sube la madre por la escalera pensando:
                ­– Ay, madre mía, espero que no se oigan gritos nada más entrar.
Al llegar al rellano buscaba con prisas la llave para entrar en la casa lo antes posible; como tardaba en encontrarlas pudo notar un extraño silencio en la casa. Por eso paró y escuchó con atención. Se oían cuchicheos. Metió la llave en silencio y entreabrió la puerta,  pero no entró. Quería seguir escuchando.
        Rápido, los vasos – se oía la voz de Beatriz.
Se oía a alguien manejando vasos de la cocina al comedor.
Luego otra vez pasitos, algo se les debía haber olvidado. Mamá esperó hasta que dejó de escuchar las carreritas de los niños del comedor a la cocina y viceversa. Al fin hizo ruido con la puerta para que los niños se percataran de que ya había llegado.
        Bueno, niños, ya estoy aquí con la compra – disimuló.
Oyó risitas y como que corrían a esconderse. Mamá dejó la compra en la cocina e hizo como que buscaba a los niños.
– Ya estoy aquí, ¿dónde estáis? – se dirigió al comedor.
Se oían las risitas de Luis y Marcos, los más pequeños y cómo asomaban la cara por detrás de las cortinas.
        ¡Bueno! ¿qué es esto? – dijo en voz alta–. ¡Qué mesa tan bien puesta! ¡Oh, maravillas! ha venido un hada.
Los niños salieron del escondite riendo y saltando:
– ¡Hemos sido nosotros! ¡Hemos sido nosotros! – decía Luis.
– Mamá y... ¡huele! –decía Marcos poniendo las manos en la nariz de mamá.
– ¡Oh, qué olor a jabón! – decía mamá. – ¡Qué manos tan limpias!
Todos estaban contentos, muy contentos, y sólo por pensar en mamá y darle una sorpresa.


HISTORIA DE LA TERCERA SEMANA: ELISA Y LOS PANECILLOS.

Elisa era una niña de 7 años. Vivía en su pueblo, cerca del castillo, donde vivía su amable rey. Este rey, se preocupaba de que ninguno de sus súbditos pasara necesidad. Y aunque corrían tiempos de sequía, y por ello de pobreza, se esforzaba porque al menos tuvieran diariamente una buena ración de pan. Por eso ordenaba al panadero que todos los días hiciera tantos panes como habitantes había en el feudo. El panadero empezaba haciendo barritas medianas, pero al final se daba cuenta de que la masa no llegaba para todos y acababa haciendo los últimos panes más pequeños. Y esto pasaba todos los días. Con deseo de que tuvieran una buena ración, el panadero empezaba optimista y al final siempre se quedaba corto. ¡En fin!
Después de sacar los panes del horno, se subía en su carreta, se dirigía a la plaza central del pueblo y allí acudían todos a coger su ración diaria.
A las 12 del mediodía todos los habitantes iban allí, pues era la hora del reparto. Elisa también iba, encargada de recoger los 5 panes que le correspondían a su familia y su abuelo.
Al principio la gente hacía cola educadamente, pero al cabo de unos meses ya no tenían tantos miramientos, sobre todo cuando observaban que unos panes eran más grandes que otros. Con que empezaban a empujar, a colarse, incluso a pelearse por ser los primeros en recoger.
Elisa observaba y comprendió que esa forma de actuar no era propia de personas. Sabía que había panes para todos y pensaba que prefería llevarse los que quedaran, aunque fueran más pequeños. De todos modos, si no era ella la afortunada, lo sería otra familia, ¡qué más daba!, el pan no iba a desperdiciarse. ¡Que les aproveche! Ese era su  deseo.
El rey observó esto durante varios días desde su ventana. Y aunque le apenó la actitud egoísta de muchos de sus ciudadanos, le consoló la generosidad y amabilidad de la niña. Al cabo de un tiempo, al rey se le ocurrió una idea para premiar a Elisa.
Un día, cuando Elisa recogió sus panes y se fue a casa, la familia de la niña tuvo una agradable sorpresa: al partir el pan, cada uno descubrió en su panecillo una moneda de oro. El rey había ordenado al panadero que en lo sucesivo pusiera una moneda de oro en los cinco panes más pequeños; de este modo premió a Elisa por su delicadeza y generosidad.


HISTORIA DE LA CUARTA SEMANA: TODO UN DETALLE

Contaba un señor, que se sentía muy afortunado porque él vivió en una familia donde sus padres y hermanos pensaban en los demás.
Así, contaba una anécdota ocurrida a sus dos hermanas mayores, pongamos Sara y Anabel.
Un día la madre les compró dos vestidos: uno amarillo y otro naranja y le dejó escoger a Sara. A ésta le gustaba mucho el naranja, le parecía que claramente era más bonito. Y por eso mismo, pensó que a su hermana también le gustaría más. Entonces Sara dijo que le gustaba más el amarillo para que Anabel se pudiera quedar con el naranja.
Mira por donde Anabel suspiró: – ¡Ay! Bueno, vale, yo me quedo con el naranja, que es muy bonito mamá.
Este pequeño suspiro le dio la pista a Sara que Anabel prefería el amarillo y le propuso cambiarlo. Ésta sonrió. Al final las dos contentas por tener un bonito vestido y sobre todo por tener una excelente hermana.
¿Verdad que te gustaría tener un hermano o hermana así? Alguien tiene que empezar.
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También son muy interesantes los populares cuentos  "El Príncipe feliz" y "El gigante egoista" de Oscar Wilde que va bien releer de vez en cuando. Hay algunas versiones verdaderamente lacrimógenas.